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Artículo correspondiente al número 260 (4 al 16 de septiembre de 2009)
Rara esta época para el audiovisual, donde las obras maestras –como Guerrilla, la segunda parte de la biografía sobre el Che Guevara, de Steven Soderbergh– tienen que luchar con dientes y uñas por no pasar inadvertidas. Por Christian Ramírez.
Claro que parece un mundo al revés. En uno que tuviera sentido, las dos partes de Che -El argentino (estrenada en abril) y Guerrilla (que debuta por estos días)- habrían sido exhibidas en forma paralela y celebradas como corresponde: no sólo se trata de un díptico épico en la mejor tradición de Lawrence de Arabia o los Padrino, sino del primer filme rodado con la revolucionaria RED One, la primera cámara de cine digital capaz de recrear la riqueza del filme de 35 mm. Histórico.
Pero el horno no está para bollos: aquí terminamos con dos estrenos separados por varios meses, lo que disminuye grandemente el impacto del segundo filme. Y eso que tuvimos suerte: en Estados Unidos, la obra maestra de Steven Soderbergh apenas se exhibió en cines de Nueva York como un largo chorizo de cuatro horas, en busca de su calificación para un Oscar que, evidentemente, lo ignoró. Por estar filmado en español, por su ambigüedad en el retrato de Fidel Castro y su revolución, por ser más brillante que brilloso. Ha pasado casi un año y ni siquiera la han estrenado en DVD. En resumidas cuentas, la han tratado como a un filme invisible.
Insólito. Si basta mirar unos cuantos minutos de Guerrilla para admitir que el relato del arribo de Guevara a Bolivia, sus vanos intentos de organizar un levantamiento armado, la cacería humana que siguió y su posterior caída y muerte son narradas con pulso maestro, sin exageración ni falsas glorificaciones.
Como bien dijeron por ahí -con motivo de su estreno en el Festival de Cannes de 2008- Ché bien puede funcionar como un artefacto dialéctico: El argentino narra la mecánica de una revolución efectiva. Guerrilla, por su parte, da cuenta de un proceso de disolución. La primera cinta está filmada con ánimo épico, complejísima puesta en escena de las secuencias de guerra, con una infinita paleta de verdes y en respetable widescreen 2.35:1. El segundo filme es claustrofóbico, en formato más cuadrado (1.85:1), con apagados y terrosos colores y un ritmo inclaudicable, pero también fatídico. Basado en los diarios que Guevara redactó en sus meses en la selva –y también en la extensa investigación del periodista Jon Lee Anderson-, el Ché del hipnótico Benicio del Toro no aparece aquí ni como un personaje romántico ni como un alma rebelde. No quedan especialmente claros sus motivos para viajar a Bolivia, salvo el de extender la revolución de Cuba a tierra sudamericana. Aparte de una brevísima alusión a la plácida vida palaciega de los hermanos Castro, no hay indicadores del eventual descontento que el comandante sentía con la nueva aristocracia revolucionaria de La Habana. Como uno de esos profesionales centrados en su trabajo, tan comunes en el cine de Michael Mann (pero no en el Soderbergh), el Che llega a Bolivia a hacer lo suyo. Lo que sabe. Y el tipo persevera, aunque su acercamiento al problema indígena se revele -más tarde- profundamente errado. Reveladora es, en ese sentido, toda la secuencia inicial, que muestra a Ernesto llegando a La Paz disfrazado como un calvo y canoso señor de maletín: el anodino Adolfo Mena, comerciante, 46 años. El revolucionario como hombre de negocios. Hasta las últimas consecuencias.
Es interesante que, pese a ir encaminada derecho hacia la masacre, la última sección de la trama se sumerja en una sobriedad tan áspera que intimida. Pragmática, Guerrilla no gasta tiempo en escenas oscarizables, en lamentos apócrifos, en lirismo ni en elegías. Seguro que ahí se fue por la borda su perfil mediático y se convirtió en la candidata perfecta para revalorizar tardíamente en DVD.
Pero lo que quedó en su lugar es una película increíble. Ello debería bastar.