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Artículo correspondiente al número 222 (22 de feb al 6 de mar 2007)
Los países deben decidir cuánto de su recaudación tributaria la quieren basar en el impuesto a la renta y cuánto en el IVA.
Los países deben decidir cuánto de su recaudación tributaria la quieren basar en el impuesto a la renta y cuánto en el IVA.
Cuando se habla de recaudar a través del impuesto a la renta habitualmente se piensa en el que se aplica a las empresas, aunque también está el de las personas, que es más difícil de fiscalizar, impopular y manipulable. El impuesto a la renta es un tributo que grava los aumentos de patrimonio y no al patrimonio mismo, lo que produce la sensación de que nos hace un poco menos ricos pero no más pobres. A su turno, aunque falaz, esto lo hace menos resistido.
El impuesto a la renta es redistributivo, ya que a nivel de individuos es progresivo y por ende paga más el que más tiene. A nivel de empresas, en cambio, como la tasa es pareja, si los socios o accionistas pagan impuestos personales con tasas inferiores a las corporativas, al retirar las utilidades obtendrán devoluciones de los impuestos pagados por sus empresas. Así, se podría decir que el impuesto a la renta cumple el anhelo de muchos: que pague quien tiene.
Sin embargo, el impuesto a la renta de las empresas es un impuesto tremendamente ineficiente a la hora de recaudar. El Estado es el único que tiene incentivos para controlar este gravamen, frente a un número de contribuyentes que sufre la merma de sus ingresos directamente. Eso hace que las empresas estén motivadas a modificar su forma de llevar a cabo los negocios a fi n de pagar menos impuestos.
El IVA, en cambio, nos parece que presenta ciertas ventajas operativas, y que surgen del hecho que unos contribuyentes utilizan lo pagado por otros contribuyentes como crédito contra su propio impuesto. Así la fiscalización la hace un grupo de contribuyentes respecto de otros por un interés propio. Adicionalmente, es evidente que el IVA afecta a la generalidad de las ventas y servicios, siendo mucho más difícil organizar los negocios con el fin de evitarlo.
No obstante esta ventaja, diversos actores políticos han estimado que el IVA es regresivo porque se aplica por igual a quienes tienen mayores y menores ingresos, lo que de por sí no es equitativo. Pero nos parece que su carácter regresivo va más allá de eso: en realidad el impuesto es regresivo pues se aplica a ventas y servicios y no al ahorro. La población más modesta del país gasta todos sus ingresos en consumo pagando IVA por prácticamente cada desembolso, en tanto la población más acomodada destina crecientemente mayores partes de sus ingresos al ahorro que no pagan IVA.
De ahí que los países que han confi ado su recaudación principalmente a impuestos equivalentes al IVA, hayan optado por implementar subsidios directos a quienes resultan más afectados por su regresividad. El problema que puede tener esta compensación con subsidios es que genera la legítima aprensión de que parte de los dineros pueden estarse malgastando en su paso por el Estado. Adicionalmente, en el caso de los subsidios directos existe la discusión de cuál es la población que debe ser beneficiada. De ahí que en el reclamo contra el IVA no se haya argumentado que es exclusivamente perjudicial para la población en situación de pobreza, sino también para la clase media.
Queda por verse si nuestro país optará por ir tras la renta sofisticando, la legislación y la fiscalización, o se concentrará en el IVA intentando morigerar sus efectos nocivos.