Revista Capital

Patricio Tapia: The critic

Antes de entrar a la Universidad de Chile, donde estudió Periodismo, Patricio Tapia tenía una banda punk. Quizá eso explique su manera de abordar el vino: no le interesan el virtuosismo ni el discurso rebuscado. No cree que el vino sea un arte. Lo que busca son botellas que te golpeen en la cara: verticales, sin remilgos.

Tapia empezó en esto cuando nadie lo hacía: era una rareza. El periodismo gastronómico parecía un refugio de borrachines diletantes. Pero él le puso estudio y conocimiento. Se tomó en serio el asunto. Al mismo tiempo que escribía en Wikén, hizo un diplomado en Burdeos. Le tocó ser testigo del gran impulso que tuvo el vino chileno en los 90. Y aprendió en el camino.

Hoy es editor asociado en Wine & Spirits y colabora en Decanter. Viaja mucho y ha catado miles de miles de botellas, pero sigue sin perder la esperanza de encontrar vinos que sorprendan. Su guía Descorchados, un referente en el continente, cumplirá 20 años y lo celebrará como corresponde.

-¿Cuál fue tu primer contacto con el vino? ¿Cuándo sentiste que ahí estaba lo tuyo, un camino digno de seguir?

-Lo mío no fue amor a primera vista, es decir, no hubo un vino en particular que me hiciera click y que de allí en adelante todo fuera distinto en mí en relación con el vino. Más bien fue paulatino. Primero fue una manera algo excéntrica de ganarme la vida. Cuando contaba que quería dedicarme a escribir sobre vinos, la gente no me creía o no lo entendía. Pero después le fui encontrando el gusto, sobre todo porque me di cuenta de que había gente alucinante tras el vino. El vino, por cierto, me gusta y hoy es una parte importante de mi vida y ocupa mucho de mi tiempo. Pero más me gustan las historias que hay tras él.

-¿Cómo ha cambiado la escena chilena desde que empezaste? ¿Cómo describirías el actual momento?

-Cuando yo comencé, a mediados de los 90, el vino vivía un boom importante y todo estaba orientado a complacer al mercado externo, sea lo que sea que éste pidiera. Creo que por razones obvias (el mercado local es demasiado pequeño como para sostener una industria como la del vino), aún eso es verdad. Sin embargo, creo que el principal cambio que ha ocurrido en los últimos años es que han aparecido personas que ven al vino como una forma de expresión. No digo que sea un arte hacer vinos, porque eso sería muy pomposo, pero sí puede ser un vehículo. Y no importa si lo que tú haces no le gusta al mercado gringo o al de Japón. Esa actitud me gusta. Hoy, el momento es agitado. Desde el punto de vista periodístico, hay mucho que cubrir, decenas de proyectos nuevos y decenas de miradas.

-Alguna vez te escuché decir que no existe el vino perfecto y creo que nunca le has dado a un vino 100 puntos. ¿Qué piensas del sistema de puntajes?

-Creo que la perfección es un concepto medio nebuloso. Mi mamá nos enseñó que desconfiáramos de la perfección. Me acuerdo de ella alegando contra la Catherine Deneuve. Me decía que esa mujer así no podía ser tan perfecta, que, al menos, tenía que ser hedionda. La perfección, por cierto, no existe. Y si los puntajes en el vino persiguen ese concepto, no estoy ni remotamente de acuerdo. Para mí, los puntos son como señales de atención. Que no se te vaya a pasar este vino porque sería genial que lo probaras. Y ahí vas y le pones 99 puntos. Antes creía que había que profundizar más al respecto. Ahora creo que no hay que darle más vueltas. Si los puntos sirven para llamar la atención hacia un vino en especial, pues bien. Los uso.

-Después de tantos años, ¿te sigue emocionando este oficio? ¿Hay botellas que aún te sorprenden, que te vuelan la cabeza?

-Llevo ya 25 años en esto, lo que es bastante. Y sí, ése es un tema para nada menor en mi vida profesional hoy. En 25 años escuchas mucho y cuando vuelves a escuchar lo mismo, pero desde otra persona, ya no le prestas tanta atención o ya no te emociona tanto como la primera vez que lo escuchaste. Sin embargo, en el vino hay variedad. Y siempre hay buenas historias que contar. No aparecen tanto como antes, porque creo que ya he escuchado las mejores, pero siempre hay vinos que te vuelan la cabeza y productores que te impactan.

-¿Qué es lo mejor y lo peor de ser crítico de vino?

Lo mejor es viajar, conocer, probar, tener ciertos lujos gratis de vidas que no son la tuya, sino que son de vidas prestadas, como decía una amiga. Me encanta no tener horarios y, aunque trabajo como chino, aún puedo organizar mi tiempo para el ocio. Es un buen trabajo, sin dudas. No lo cambiaría. Y todavía no le veo el lado malo.

-La guía Descorchados tiene ediciones en China, y en varios países en inglés y portugués. ¿Cuáles son los próximos pasos?

-Descorchados, al menos eso es lo que me gusta pensar, se ha instalado en el mundo del vino latinoamericano como una voz que se escucha. Y eso me permite acceder a espacios que de otra forma sería muy difícil de acceder. Siento que la guía es respetada, en el fondo. Y eso me pone muy feliz. Los planes son muchos. México, por ejemplo, es un lugar que me gustaría cubrir. Este 2018 cumplimos 20 años publicándola. Imagino que la mejor forma de celebrar es seguir inventando cosas.

-¿Qué buscas en un vino? ¿Te interesan las personas que lo hacen, las historias que hay detrás?

-Alguien alguna vez me dijo que el vino no es lo que está dentro de la botella, sino que lo que está fuera de ella, lo que la rodea. Y es cierto. Yo estoy en este trabajo por las historias, y porque el vino me parece un potente vehículo de cultura. Afortunadamente, el líquido no está nada de mal.

-Si tuvieras que elegir algunos vinos para el resto de tu vida, ¿qué zonas te alucinan?

-Me gusta Barolo, Chambolle; amo los vinos de Bairrada, en las costas de Portugal, y Colares, cerca de Lisboa, es una región que descubro y que me alucina. Me gusta Galicia, porque cada vez que voy es como si volviera a mi casa y creo que si alguna vez tengo dinero, me gustaría comprarme una casa de piedra en Arnoia, un pequeño pueblo perdido en las montañas de Ribeiro. Y me gusta Jurá porque son vinos raros y ligeros y parecen hechos de piedras, y porque me recuerdan al pipeño de Bío Bío. Y también me gusta el pipeño porque no creo que haya nada mejor que él para acompañar las longanizas. Y así, podría seguir. Me gusta el vino, como puedes ver.

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