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El otro Matta

Artículo correspondiente al número 265 (15 al 26 de noviembre de 2009)

 

Heredero del talento y del aura de su padre, el hijo mayor de Roberto Matta es considerado uno de los creadores conceptuales más singulares de la segunda mitad del siglo XX. En sólo ocho años de trayectoria, Gordon Matta-Clark dejó una marca legendaria que el Museo de Bellas Artes rescata a 30 años de su muerte. Por Maria Jesús Carvallo.


No han descrito como el enfant terrible del arte contemporáneo de los 70; el antihéroe moderno que pasó a la historia por homenajear a Nueva York y a sus habitantes transformando edificios añosos en esculturas llenas de intervenciones y pasadizos secretos. Atrevido, explosivo, rebelde, Gordon Matta-Clark no le tuvo miedo quizá a nada y casi a nadie (salvo, tal vez, a su padre). Se ganó un nombre en el circuito criticando el poder de Estados Unidos y a sus instituciones a través de originales performances y puestas en escena que dejaban al descubierto las falencias oficiales y las necesidades ciudadanas.

Hijo de Roberto Matta y de la artista Anne Clark, heredó de ambos el ingenio, la creatividad y la gracia. En menos de una década de trayectoria logró lo que muchos no consiguen en toda una vida y hoy los libros de arte le dedican varios párrafos por haber sido capaz de proponer una nueva disciplina, una forma de concebir el oficio.

Más allá de los éxitos y de los aplausos, su vida no estuvo exenta de desafíos y carencias. Sin una figura paterna cercana y reconocible, tuvo un hermano mellizo con serios problemas mentales, padeció tuberculosis y sufrió un accidente en auto que lo dejó entre la vida y la muerte.

Gordon Matta-Clark nació en Nueva York el 22 de junio de 1943. Su niñez transcurrió en el barrio de SoHo, acompañado de su hermano Sebastian –o Batan– y de su madre, quien se encargó de presentarle a sus amigos artistas, un importante grupo de surrealistas extranjeros que se instalaron en este lugar buscando resaltar después de la II Guerra Mundial.

Fue ahí donde conoció a Marcel Duchamp –su padrino– llegando a ser muy amigos, compañeros de ajedrez y también de algunos trabajos. A su padre lo veía tarde mal y nunca pues, enamorado de otra mujer, partió a París sin pasaje de regreso poco después de que él naciera. “Un artista muestra su amor con su trabajo y en el caso de Roberto Matta esto es evidente, porque él sólo tenía ojos para su arte y no tanto para sus hijos”, dice Jane Crawford, viuda de Gordon.

 



El futuro de Matta-Clark no siempre estuvo claro. Después de estudiar Arquitectura en la Universidad Cornell, en Ithaca, entendió que, por más que lo negara, estaba destinado a dedicarse al arte. “En un principio no veía con buenos ojos la idea de pasar su adultez encerrado en un taller pintando óleos. Le cargaba no tener libertad y también ser uno más de muchos que hacían lo mismo. Pero cuando estuvo en Cornell conoció el Earth Art –tendencia que usa como soporte la naturaleza– y a Willoughby Sharp y Dennis Oppenheimer, entre otros exponentes, quienes le abrieron los ojos, y así entendió que existían otras formas de creación muy distintas a la pintura. Fue ahí cuando decidió seguir los pasos de su padre, pero a su manera; es decir, dedicado a lo visual pero alejado de los convencionalismos y del deber ser”, cuenta Crawford.

Tomando como punto de partida sus estudios, lentamente empezó a sacar la voz, a usar materiales originales para sus obras –como desechos, fragmentos de vidrio y animales, además de sierras, cuchillos, palancas, mazos y todo tipo de herramientas– y a tomar a Nueva York como paleta de inspiración. Fue así como desarrolló una nueva disciplina, la “anarquitectura”, como la llamó: una mezcla entre escultura, volúmenes, anarquía y arquitectura.

En palabras simples, pasó a ser un verdadero cirujano creativo, transformando edificios ruinosos en preciosas obras de arte. Los intervenía, agujereaba, abría ventanas donde antes no existían, movía tabiques y muros, dando nuevos aires y miradas a estas construcciones. Para referirse a ellas hablaba de cuttings, y su idea era narrar la tensión que existía entre el caos social y el orden organizativo de las ciudades. “Gordon era muy curioso. Le gustaba observar e investigar cómo vivía la gente. Cuando trabajaba en sus edificios exponía las distintas formas de habitar que tenía la ciudadanía. A diferencia de lo que dicen y piensan muchos, estas intervenciones no tenían nada que ver con su vida privada ni con las desgracias que le tocó vivir. Sólo reflejaban el día a día de la sociedad y cómo ésta se escondía de los problemas”.

Como trabajaba sobre construcciones que iban a ser demolidas, Gordon documentaba sus acciones usando diversos medios, y gracias a estos registros hoy se puede apreciar su legado. Sin lugar a dudas, una de sus obras más emblemáticas es Splitting, una casa ubicada en Nueva Jersey a la que partió por la mitad con una sierra, exponiendo un sólido discurso contingente sobre la desintegración de la familia americana y también sobre la división entre ricos y pobres, que por esos días causaba estragos en la zona.

Influenciado por el problema social y con la idea de que el arte podía ayudar a los ciudadanos más necesitados, enseñó a los indigentes a construir murales con desperdicios, fundó el café Foods dirigido por artistas en pleno SoHo y llamó la atención de las autoridades a través de distintos actos públicos, como ofrecer oxígeno a los transeúntes, subirse a la Clocktower (una construcción emblemática de Manhattan) para afeitarse y lavarse los dientes colgado del reloj o asar un chancho en la calle, entre otras hazañas. “Gordon quiso sacar el arte a la ciudad, ayudar a los necesitados, por eso muchos lo ven como un héroe moderno”, comenta Jane.
Claramente, la muerte de su hermano mellizo –algunos hablan de suicidio producto de alucinaciones– lo marcó muchísimo y no pudo recuperarse. Al poco tiempo desarrolló un cáncer al páncreas que lo llevó a la muerte. Había conocido a su mujer tres años antes. Como cuenta la misma Jane Crawford, se encontraron, cuando ella tenía 27 y él 32 años, en una galería en que ella trabajaba. No volvieron a separarse y vivieron un intenso romance.

Poco antes de morir, tuvo la oportunidad de despedirse de su padre. Después de varios años de distanciamiento –incluso cambió su apellido por Matta-Clark–, volvieron a verse y de alguna forma se reconciliaron. Como cuenta Crawford, fue gracias a Matta que se casó con Gordon. “Roberto vino a Nueva York a ver a Gordon, que ya estaba bastante enfermo por el cáncer. El mismo pidió que no le avisáramos a nadie que venía porque no quería prensa ni mucha gente esperándolo en el aeropuerto. Pero cuando llegó y se dio cuenta de que sólo estaba el chofer que lo llevaría a su hotel, cambió de opinión y apenas vio a Gordon le dijo que había que organizar una fiesta con motivo de su regreso a Nueva York. Yo le dije que Gordon estaba mal y que no era minuto de celebraciones, pero él encontró la forma de salirse con la suya y nos propuso que nos casáramos, porque así había excusa suficiente para hacer una reunión sin problemas. Fue así como, a partir de esta loca idea, tomamos la decisión de comprometernos y festejamos con los más cercanos. A los dos meses del matrimonio, Gordon no soportó más y murió a mi lado, con la tranquilidad de haberse arreglado con su papá. Tenía 35 años “.

Como una manera de homenajear a este revolucionario, el Museo de Bellas Artes y el estudio de abogados Barros & Errázuriz organizaron una gran exposición con obras que resumen su trayectoria. El objetivo es dar a conocer los distintos registros involucrados en el trabajo artístico de Matta-Clark –como bocetos, dibujos y documentos, además de una importante documentación fotográfica y fílmica de sus cuttings–, además de destacar su interés en la historia de la arquitectura y en los espacios urbanos abandonados o marginales. A esto se suma un catálogo que incluye ensayos de las curadoras –Tatiana Cuevas y Gabriela Rangel–, de Jane Crawford y de otros personajes, además de algunos escritos y entrevistas de Matta-Clark. Bajo el nombre Gordon Matta-Clark: deshacer el espacio, estará abierta hasta el 24 de enero de 2010 en el Museo Nacional de Bellas Artes. Parque Forestal s/n, Santiago Centro.

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