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El Islam se toma el MET

Artículo correspondiente al Miercoles 14 de Diciembre, 2011

Entrar a las quince nuevas galerías del Metropolitan Museum de Nueva York dedicadas por entero al arte islámico, es aventurarse en un fascinante viaje por extensísimos territorios y tiempos legendarios. La calidad de sus mil doscientas piezas exhibidas es sorprendente en belleza y delirante en sensualidad. Por Jessica Atal

 

 

 

 

 

La fiesta de Sada es una ilustración creada por el poeta iraní Abu’l Qasim Firdausi (935-1020) para el Shah Tahmasp. Esta imagen, por ejemplo, está hecha con acuarela opaca, tinta, plata y oro sobre papel. Fue donada al museo por Arthur A. Houghton Jr., en 1970.


Trece siglos de historia. Enormes territorios que abarcan varios continentes, desde el Medio Oriente y África del Norte, hasta Europa y Asia del Sur y Central. Algunas de las más prolíficas culturas en la historia universal. El auge y la caída de poderosos imperios. Y mil ochocientos metros cuadrados recientemente renovados, pensados para darle vida a las tradiciones del mundo islámico. El Metropolitan Museum de Nueva York acaba de inaugurar quince nuevas galerías –organizadas por Sheila Canby, curadora a cargo del Departamento de Arte Islámico del museo, junto a Navina Najat Haidar, coordinadora del proyecto– para la muestra El arte de las tierras árabes, Turquía, Irán, Asia Central y Asia del Sur Tardío. Una labor desarrollada de manera tan inteligente como deslumbrante.

Oriente en Occidente
Acaso el individuo occidental, sobre todo en estos eclécticos tiempos, tiende a pensar en el arte islámico como una expresión artística monótona, unificada y motivada por un solo norte: la fe religiosa. Sin embargo, al recorrer esta muestra en el Met nos encontramos con algo absolutamente distinto. Al abordar el arte islámico hay dos factores a considerar en principio: la amplitud de las regiones que abarca –el área se extiende desde España, hacia el oeste, hasta la India, al este– y la extensión temporal, pues estamos hablando de 1.300 años.

El arte islámico está lejos de la uniformidad y la monotonía. De hecho, el diseño de los nuevos espacios del Met tuvo como uno de sus principales objetivos resaltar tanto la diversidad de este arte como la interconectividad de las variadas culturas aquí representadas.

Como ha señalado Thomas P. Campbell, director del Met, las quince nuevas galerías siguen la ruta de la civilización islámica a través de los siglos, reconociendo así que el Islam no creó una única y monolítica expresión artística, sino que conectó un amplio territorio geográfico a través de varios siglos protagonizados por profundos cambios culturales. Las piezas de arte que llenan estas galerías evocan la pluralidad de la tradición islámica, y la vasta “fertilización cruzada” de ideas y formas artísticas que han moldeado su herencia cultural.

Por esa razón, explican en el Met, al abordar este proyecto se pensó en múltiples entradas hacia las galerías para que así los visitantes tuvieran aproximaciones al arte islámico desde diversas perspectivas.

Hasta que los objetos hablaran
La Koç Family Gallerie muestra alfombras y textiles del arte de las cortes otomanas, de entre los siglos XIV y XX. Entre los objetos principales de la colección destacan trabajos de los talleres imperiales en Estambul.
Aunque la primera amiga que tuvo Sheila Canby fue una niña americana de origen iraní y cuya madre era artista, la actual curadora del departamento de Arte Islámico en el Met señala que su pasión por la historia de esta cultura no comenzó sino hasta más tarde, durante el primer trabajo que tuvo en un museo. Luego, decidió seguirlo en un postgrado y nunca más se apartó de él.

Para esta muestra, cuenta, se trabajó en las galerías del Met durante ocho años. “Esto significó desinstalar lo que aquí había, limpiar, tomar decisiones respecto a las dimensiones y el número de galerías, para después construirlas e instalar la colección”, explica Sheila.

El trabajo no fue fácil: “hubo discusiones prolongadas sobre el concepto subyacente a las galerías. Siguieron muchos debates sobre la disposición y la interrelación entre las diferentes salas, en estas intervinieron parte del equipo del Met y un número importante de consultores externos, que incluyeron historiadores del arte islámico, curadores y directores de museos, arquitectos, diseñadores y académicos en diversas materias relacionadas con esta cultura”, continúa Canby.

Pero nada fue en vano. Después de tanto esfuerzo, hoy las galerías están organizadas por temas y materiales, así como por períodos históricos. Aunque la colección es de 12 mil piezas, hoy sólo se pueden ver 1.200. “El criterio para escoger lo que está en exposición fue la calidad de los objetos: su belleza, el estado de conservación, su importancia histórica y su relevancia dentro de la lógica temática y cronológica de las galerías. Queríamos asegurarnos de que los objetos se hablaran unos a otros. Necesitaban verse bien juntos para poder disfrutarlos y aprender de ellos”.

Maestría milenaria

 

En la fotografía, un Mihrab –nicho para orar– levantado en 1354 en Isfahán, Irán. Está realizado con pequeños azulejos de cristal sobre una estructura de pasta de piedra. Sus medidas alcanzan los 3,43 metros por 2,88 metros

Frasco indio en forma de mango. Es de mediados del siglo XVII y está hecho en cristal con incrustaciones de oro, rubíes y esmeraldas.

 


Una de las cosas más increíbles que se hicieron para esta muestra fue haber traído a un grupo de artesanos directamente desde Fez, Marruecos, para que trabajara en el Met. Desde abril de 2010 hasta julio de 2011, el equipo se abocó a construir The Moroccan Court, para incorporar algunas de las tradiciones vivas del mundo islámico. Lo que se quiso fue tener una relación directa entre los artesanos y los muros del museo, y quienes visitan esta habitación pueden experimentar el arte en otras dimensiones y lograr, por unos momentos, transportarse a diferentes y lejanas partes del mundo.

Cuatro columnas originales del siglo XVI enmarcan el espacio destinado a la Moroccan Court. Si bien éstas vienen de Granada, todo lo que está sobre ellas ha sido construido por los artesanos in situ: el trabajo tallado en estuco y carpintería es asombroso, y se nota que requiere la maestría milenaria que estos hombres aún poseen para poder lograrlo.

Cada detalle de esta habitación fue esculpido de acuerdo al auténtico estilo predominante en el siglo XV, el cual deja ver el fuerte intercambio cultural que existía en la época medieval entre Al-Andalus y el Magreb. Sin duda, es uno de los espacios más hermosos entre las galerías, un lugar para la contemplación.

Otro espacio lleno de esplendor es la Qa’a o Damascos Room, una habitación de una casa siria, revestida en madera, que estaba destinada a la recepción de huéspedes durante el invierno. Data de 1707 y fue un regalo de The Hagop Kevorkian Fund, en 1970. Ha estado en exhibición en el Met desde 1975 y en ella se logra percibir cómo era la vida diaria de la nobleza en la Siria otomana del siglo XVIII. Hay en sus muros muestras de caligrafía –obra de un poeta del siglo XIV, quien invoca bendiciones para el dueño de casa–, paneles ornamentales con encantadores jarrones pintados, medallones y estrellas entrelazadas, además de una pequeña fuente de agua, y estructuras de mosaicos incrustados en el suelo.

La delicadeza del Corán
Es la más representativa del arte islámico entre las quince galerías: “cada uno de los objetos que se exhiben en la Patti Cadby Birch Gallery se sostiene por sí solo en su importancia”, explica Sheila Canby. Como galería introductoria a la muestra, exhibe obras maestras de toda la colección en sus diferentes manifestaciones: desde cerámica, alfombras y textiles, joyería y caligrafía, hasta pintura y elementos arquitectónicos.

La Habitación de Damasco, conocida previamente como la Habitación Nur al-Din, es una sala de recepción que forma parte de una casa perteneciente a la clase alta de Siria. Representa un importante ejemplo de arquitectura doméstica en la arquitectura otomana de principios del siglo XVIII. Fue un regalo de la Hagop Kevorkian Fund, en 1970.

 

 

La complejidad del arte islámico queda de manifiesto en la gran variedad de estilos, formas y materiales de construcción que han utilizado los artistas a través de la historia. Entre todos, el arte más representativo es la caligrafía, con sus numerosas variantes gráficas. Los árabes, en este sentido, perfeccionaron el arte del libro hasta niveles trascendentes, ya que copiar, por ejemplo, el Corán se consideraba un alto acto de fe. Como parte importante de la exhibición, hay antiguos ejemplares del Corán, textos de poetas persas y otros manuscritos en que resaltan no solamente los delicados estilos de escritura, sino también las preciosas imágenes –a veces, detalladas miniaturas– con que son ilustradas sus páginas. Ejemplo de estas maravillas también son las ilustraciones del Shahnama o Libro de Reyes, creado para el shah Tahmasp (1514-76) de Irán.

Pero, además de la caligrafía, ahí están, igualmente bellas y magníficas, las estructuras arquitectónicas, como el Mihrab (o lugar de oración) del siglo XIV, proveniente de Isfahán y decorado con azulejos esmaltados que servían en una casa musulmana para indicar la dirección de la Meca a la hora de rezar. Están las obras en cerámica, metales y piezas de vidrio de Egipto, Siria, Irak e Irán, con sus extraordinarias formas y su asombrosa gama de colores. Y, cómo no, los delicados textiles y sus incomparables alfombras clásicas de los siglos XVI y XVII, incluyendo la celebrada Emperor’s Carpet: la alfombra persa que Pedro el Grande de Rusia le obsequiara al emperador de Habsburgo Leopoldo I.

Cada una de estas modalidades artísticas es representativa de la inagotable variedad que enmarca una civilización riquísima en cultura y creatividad. La idea del Met fue no sólo presentar el arte islámico como un producto de una cultura motivada por la religión, sino abordarlo como un fenómeno extensamente secular, variado y cambiante, enraizado en regiones específicas, pero tenazmente cosmopolita, influenciado por las complejidades y confusiones de la historia, incluyendo aquella historia que el arte mismo ha ayudado a crear.

Al mismo tiempo, ciertos lazos que unen las diversas caras de la muestra son evidentes. La palabra escrita es omnipresente. Ya sea en la forma de poemas de amor, proverbios o pasajes del Corán, la caligrafía se esparce como una fina red que lo cubre todo, creando así un arte que, literalmente, habla. El arte islámico está en el detalle, a pesar de su grandeza.

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