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el hombre árbol

Artículo correspondiente al número 220 (28 de dic del 2007 al 24 de ene 2008)

Una muestra en el MAC nos permite apreciar el talento de un artista semi desconocido para el público masivo: Agustín Abarca y sus obras que recrean las especies arbóreas de los bosques chilenos. POR LUISA ULIBARRI.

La búsqueda constante del motivo y del sentido profundo en el arte, parece ser un sayo que sólo le cae a esos creadores anónimos alejados del ruido, del escenario y el triunfo fácil. Agustín Abarca, solitario e intimista contador talquino e inspector de escuelas normales que llegó a ser discípulo de Valenzuela Llanos, Pablo Burchard, Juan Francisco González y Alvarez de Sotomayor, es uno de ellos. Su legado es haber encontrado en el árbol y en el paisaje de los bosques de Victoria y Nahuelbuta, esos motivos que buscó recorriéndolos en diarias travesías sin cámara en mano, al estilo de antes. Pero, con un rollo de tela bajo el brazo, a la espera del ave de la cola dorada y de raíces profundas que sólo él quería encontrar. A Abarca los árboles no se le aparecían envueltos en papel celofán, sino los buscaba con una pasión tan carnal como religiosa, para después reinventarlos en dibujos, óleos, pasteles y acuarelas en una visión sagrada de la naturaleza.

Las 15 obras a carboncillo restauradas en 2005 que ahora exhibe el MAC medio siglo después de la muerte del artista, dan fe de la entrega de un creador que sin jamás ir a Europa, tuvo en los bosques sureños la inspiración del francés Poussin en su Cinco árboles, el sempiterno juego de la luz y la glorificación romántica del paisaje de los británicos Constable y Turner, El árbol rojo de Redon, o quizás hasta Sueños del atardecer, de Magritte.

En las creaciones de todos ellos parece que no pasara nada, pero ocurre todo a través de paisajes silenciosos y susurrantes, que exhiben estremecimientos latentes o dramas encerrados en la bucólica serenidad de la naturaleza. Abarca extraía además cada respiro de los bosques mil veces recorridos, como autorretrato de su personalidad, su historia, y vivía dibujando y pintando su propio diario de vida. Era, en buenas cuentas, el hombre árbol.

“Vi realizadas mis aspiraciones y viví libre en el interior de los bosques dibujando y pintando robles, laureles, mañíos y otros árboles”, comentó una vez, así como se le responsabilizó por “tratar los cuadros en grandes planos, sin conceder importancia al detalle; apagar con magia el color en las sombras y despertarlo en los tonos apastelados del sol mientras en sus bosques permanecían fi eles los colores de la tierra y la rojiza arcilla, el marrón de las cortezas y los múltiples tonos estacionales de las hojas”. Quizás por eso, Abarca cosechó tantos premios en salones, concursos o efemérides entre 1907 y 1950.

Pero lo que la crítica y la academia nunca consiguieron, fue encasillarlo en tendencias, o movimiento alguno. A Abarca lo definieron siempre como un “fenómeno difícil de clasificar”, un artista de “creación nacida plenamente de nuestra latitud, y de genuino aporte vernáculo”. También, como el extraordinario autor de un paisaje que supo deslindar su ofi cio en motivo de quieta poesía, lejos de cualquier canto de sirena, o búsqueda de glorias. En buena hora. Hacía falta traerlo hoy nuevamente a escena.

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